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Cuando le dije que la AMABA, era real

  • Foto del escritor: Kurt Bendfeldt
    Kurt Bendfeldt
  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

Cuando prometí cuidarla siempre, era real.Cuando soñé envejecer a su lado, también era real. Cuando hice compromiso, era real, cuando en conjunto decidimos poner a Dios en el centro era real.


Lo que no supe entonces fue que el amor no se sostiene solo con la verdad de lo que sentimos, sino con la constancia de lo que hacemos. Las promesas nacen encendidas y, sin cuidado, se enfrían en lo cotidiano: en la prisa que posterga conversaciones, en el orgullo que calla un perdón, en el cansancio que deja para mañana el detalle que sostiene al otro. El amor se fractura en lo pequeño: en los silencios que pesan, en las grietas que se tapan con “estoy bien”, en el abrazo que no llega a tiempo.


Amar era real, pero no fue suficiente. No porque no fuera verdadero, sino porque le faltó presencia. Presencia es mirar a los ojos cuando duelen las cosas, hablar con verdad aunque tiemble, sostener límites que cuiden el nosotros, escuchar la historia del otro sin convertirla en juicio. Presencia es elegir, todos los días, al mismo corazón.


Hoy la extraño más que nada.Extraño su voz acomodando mi desorden, su risa llenando la casa, esa forma suya de pronunciar mi nombre como si fuera oración y respuesta. La memoria no me maltrata: me enseña. Me recuerda dónde no supe quedarme, dónde dejé a medias una promesa que merecía manos completas.


Quisiera volver a verla. No para repetir juramentos, sino para vivir distinto: sin garantías eternas, sin discursos largos, sin máscaras. Un café sencillo, una caminata corta, dos personas honestas aprendiendo a cuidarse sin destruirse, a construir sin exigirse perfección. Un día a la vez: abrir la puerta al presente y dejar que las pruebas hablen más que cualquier promesa.


Si algún día la vida nos cruza, le diré que lo que dije fue verdad, que mi amor no se fue a ninguna parte, que aprendí a no esconderme detrás de palabras bonitas. Le diré que la paz y el amor también se demuestran lavando la herida con paciencia, reparando con actos, sosteniendo el silencio donde antes grité.


No sé qué decidirá el destino, ni lo pretendo. Sé lo que siento y lo que elijo hoy: caminar con la verdad en la mano y el corazón despejado, sin prometer universos, pero dispuesto a ser refugio en la tormenta y alegría en los días de sol. Un paso, luego otro. Sin prisa, sin teatro, con respeto por su camino y por el mío.


“la amo, aunque su corazon ya lo entrego”

 
 
 

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