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Estar agotado no es normal

Con esta nota iniciamos “Lo que normalizamos”, una nueva serie de Revista Femenina que busca cuestionar aquellas conductas que hemos incorporado a nuestra vida cotidiana hasta considerarlas normales, aunque quizá nunca debieron serlo. Y pocas representan mejor nuestra época que vivir permanentemente cansados mientras repetimos, casi con orgullo, que simplemente tenemos “demasiadas cosas que hacer”.


Nos acostumbramos a despertar cansados, correr durante todo el día y llegar a la noche pensando en lo que quedó pendiente. Respondemos mensajes mientras comemos, revisamos correos fuera del horario laboral y sentimos cierta culpa cuando tenemos unas horas sin producir. Estar ocupados se convirtió en una especie de reconocimiento social: cuanto menos tiempo tenemos, pareciera que más importantes somos.


Pero estar ocupado y estar avanzando no son necesariamente la misma cosa.


Durante años hemos glorificado una cultura donde descansar parece un premio que debemos ganarnos después de haber llevado nuestro cuerpo y nuestra mente al límite. Decimos “ya descansaré cuando termine esto”, pero siempre aparece algo nuevo. Un proyecto, una reunión, una deuda, un compromiso familiar, otro correo o simplemente esa sensación de que detenernos significa quedarnos atrás.


El problema es que el cuerpo no entiende de agendas ni de expectativas sociales. Necesita descanso, movimiento, alimentación y espacios de recuperación. La mente también necesita momentos donde no esté procesando problemas, respondiendo estímulos o anticipando aquello que ocurrirá mañana. Descansar no debería convertirse en una emergencia que atendemos únicamente cuando ya no podemos continuar.


También hemos aprendido a admirar el sacrificio visible. Celebramos a quien trabaja hasta la madrugada, responde mensajes a cualquier hora o nunca se toma vacaciones. Rara vez preguntamos qué está pagando esa persona por mantener ese ritmo. Quizá el costo aparezca en conversaciones familiares que nunca ocurrieron, comidas apresuradas, amistades descuidadas o años vividos con la sensación permanente de estar llegando tarde a alguna parte.


Esto no significa renunciar a la ambición. Podemos tener grandes metas, trabajar intensamente y atravesar temporadas especialmente exigentes. Hay momentos de la vida que inevitablemente requieren un esfuerzo extraordinario. El problema aparece cuando una temporada excepcional se convierte en nuestra forma permanente de existir.


Incluso el descanso ha terminado contaminado por la productividad. Salimos a caminar escuchando un podcast para “aprovechar el tiempo”, vemos una película mientras respondemos mensajes y tomamos vacaciones sin desconectarnos realmente del trabajo. Estamos físicamente en un lugar mientras nuestra atención permanece atrapada en otro.


Quizá necesitemos recuperar el derecho a hacer algunas cosas que no produzcan absolutamente nada.


Conversar sin mirar el reloj. Caminar sin contar pasos. Sentarnos frente a una ventana. Dormir lo necesario. Comer sin una pantalla delante. Pasar una tarde con alguien que amamos sin convertir ese momento en una tarea más dentro del calendario.


Porque descansar no significa abandonar nuestras responsabilidades. Significa reconocer que nosotros también somos una de ellas.


Hay una pregunta incómoda que vale la pena hacernos: ¿para qué estamos construyendo todo aquello por lo que trabajamos tanto si nunca tenemos tiempo para disfrutarlo? Podemos perseguir una vida mejor durante años y descubrir demasiado tarde que estuvimos tan ocupados construyéndola que olvidamos vivir la que ya teníamos.


Tal vez el verdadero éxito no sea conseguir hacer más cosas durante el día, sino aprender cuáles realmente merecen nuestras horas. Entender que nuestra agenda también refleja nuestras prioridades y que decir “hoy necesito descansar” puede ser una decisión tan responsable como cumplir cualquier compromiso.


No deberíamos necesitar llegar al límite para darnos permiso de detenernos.


No deberíamos sentir culpa por descansar.


Y definitivamente no deberíamos convertir el agotamiento permanente en una medalla.


Porque estar cansados después de un día difícil es humano.


Vivir agotados todos los días no debería parecernos normal.


Mañana no te pierdas: Vivir comparándonos


"Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora." - Eclesiastés 3:1 (Reina-Valera 1960)


 
 

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