Lo que alimentas, crece
- Kurt Bendfeldt
- hace 14 minutos
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Existe una ley silenciosa que gobierna prácticamente todos los aspectos de la vida. No importa la edad que tengas, la profesión que desempeñes o el momento que estés atravesando: aquello a lo que dedicas tiempo, atención y energía termina creciendo.
Sucede con los sueños, pero también con los miedos.
Sucede con la esperanza, pero también con el resentimiento.
Sucede con el amor, pero también con la indiferencia.
Muchas veces pensamos que nuestra vida cambia únicamente por las circunstancias, cuando en realidad cambia por aquello que decidimos alimentar cada día. Una preocupación a la que le damos demasiadas vueltas termina convirtiéndose en ansiedad. Un problema que ocupa constantemente nuestros pensamientos comienza a parecer más grande de lo que realmente es. Una crítica repetida una y otra vez puede llegar a definir la forma en que nos vemos a nosotros mismos.
Nuestra mente funciona como un jardín. No importa si sembramos de manera consciente o no; siempre estará creciendo algo. Si no cultivamos buenos pensamientos, buenos hábitos y relaciones saludables, el espacio será ocupado por el miedo, el desánimo, la comparación o el conformismo. La naturaleza no deja espacios vacíos, y nuestra vida emocional tampoco.
Lo mismo ocurre con nuestras relaciones. Cuando alimentamos la confianza, el respeto y la comunicación, los vínculos se fortalecen. Pero cuando permitimos que el orgullo, la indiferencia o los malos entendidos permanezcan demasiado tiempo, también comienzan a crecer. Ninguna relación se rompe de un día para otro. Generalmente se desgasta por pequeñas actitudes que se repiten hasta convertirse en una distancia difícil de reparar.
También sucede con nuestro propósito. Muchas personas dicen querer una vida diferente, pero alimentan todos los días los hábitos que las mantienen exactamente donde están. Dedican más tiempo a las excusas que al aprendizaje, más energía a las comparaciones que al crecimiento y más atención a las dificultades que a las oportunidades. Con el tiempo, no cosechan aquello que soñaban, sino aquello que decidieron cultivar.
Por eso es tan importante revisar constantemente qué estamos permitiendo entrar en nuestra vida. Los libros que leemos, las conversaciones que sostenemos, las personas con quienes compartimos nuestro tiempo, el contenido que consumimos y hasta la manera en que nos hablamos a nosotros mismos terminan formando parte de nuestra identidad.
No podemos esperar una vida llena de paz si alimentamos permanentemente el conflicto. No podemos construir confianza si alimentamos la mentira. No podemos aspirar a relaciones profundas si alimentamos únicamente el egoísmo. La vida siempre devuelve aquello que hemos decidido sembrar.
Esto no significa ignorar las dificultades ni fingir que todo está bien. Significa elegir conscientemente dónde pondremos nuestra atención. Porque siempre existirán problemas, pero también existirán razones para agradecer. Siempre habrá obstáculos, pero también oportunidades para aprender. La diferencia está en cuál de esos dos caminos decidimos fortalecer.
Quizá hoy sea un buen momento para hacer una pausa y preguntarnos qué está creciendo dentro de nosotros. ¿Estamos alimentando la persona que queremos llegar a ser o estamos fortaleciendo aquello que nos impide avanzar? La respuesta a esa pregunta puede explicar mucho de la vida que estamos viviendo y, sobre todo, de la vida que construiremos en el futuro.
Porque al final, el crecimiento nunca es casualidad.
Es el resultado de aquello que elegimos alimentar cuando nadie más está mirando.
"No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará." -Gálatas 6:7









