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También mereces una vida donde puedas descansar

hace 15 horas
4 min de lectura

Hay personas que llevan tanto tiempo ocupándose de todo que ya no recuerdan cuándo fue la última vez que descansaron sin sentirse culpables. Con esta quinta entrega cerramos “Las batallas que nadie ve”, una serie en la que hemos hablado de las preocupaciones, los silencios y las responsabilidades que muchas veces pasan inadvertidos, incluso para quienes viven más cerca de nosotros.


Para algunas personas, descansar parece algo que debe ganarse. Primero hay que terminar el trabajo, atender la casa, responder los mensajes pendientes, resolver los problemas familiares y asegurarse de que nadie necesite nada. Solo entonces, si queda tiempo, pueden sentarse un momento sin hacer algo productivo. El inconveniente es que siempre aparece una nueva tarea y ese descanso termina posponiéndose indefinidamente.


Esta manera de vivir no surge de la nada. Muchos crecimos viendo a nuestros padres trabajar largas jornadas, hacer sacrificios y preocuparse constantemente por el bienestar de la familia. Aprendimos a admirar su esfuerzo, y con razón. Pero también pudimos asumir, sin darnos cuenta, que una persona responsable es aquella que nunca se detiene y que siempre encuentra fuerzas para continuar.


Con los años, esa idea puede convertirse en una exigencia difícil de sostener. Una madre siente que debería aprovechar cualquier momento libre para adelantar tareas del hogar. Un padre continúa respondiendo asuntos laborales durante el fin de semana porque teme que algo quede pendiente. Una hija que cuida a sus padres mayores se siente incómoda cuando decide dedicar una tarde a sus propios asuntos. Ninguno de ellos necesariamente rechaza el descanso; simplemente ha aprendido a colocar las necesidades ajenas antes que las propias.


También existe una presión que viene de afuera. Vivimos rodeados de mensajes que celebran estar ocupados, aprovechar cada minuto y convertir cualquier interés en una oportunidad para producir más. Incluso actividades que antes realizábamos por placer pueden terminar sujetas a objetivos, resultados y expectativas. Leemos para aprender algo útil, hacemos ejercicio para alcanzar una meta y organizamos nuestro tiempo libre como si también fuera una jornada de trabajo.


En medio de todo eso, sentarse a conversar sin mirar el reloj, caminar sin un destino concreto o pasar una tarde tranquila puede parecernos una pérdida de tiempo. Y quizá allí convendría preguntarnos en qué momento comenzamos a considerar que todo lo que hacemos debe tener una utilidad demostrable.


Por supuesto, hablar de descanso también exige reconocer las circunstancias de cada persona. No todos pueden reducir su jornada laboral, contratar ayuda en casa o tomarse vacaciones cuando lo necesitan. Hay familias que dependen de varios empleos para cubrir sus gastos y personas que cuidan a familiares sin contar con alguien que pueda reemplazarlas. Decirles simplemente que deben descansar más, sin considerar esas condiciones, sería desconocer una parte importante de su realidad.


Pero incluso cuando nuestras posibilidades son limitadas, vale la pena revisar cómo se distribuyen las responsabilidades. En algunos hogares hay tareas que siempre recaen sobre la misma persona porque así se ha hecho durante años. En otros, alguien termina organizándolo todo porque los demás esperan instrucciones antes de colaborar. Compartir esas cargas requiere conversaciones, acuerdos y, en ocasiones, aceptar que las cosas pueden hacerse de una manera distinta a la nuestra.


Descansar tampoco significa necesariamente pasar horas sin hacer nada. Para algunas personas puede ser dormir lo suficiente; para otras, recuperar una actividad que disfrutan, visitar a una amistad o disponer de un rato en el que nadie espere una respuesta inmediata. Lo importante es que exista algún espacio de la vida que no esté permanentemente condicionado por las necesidades de los demás.


Hay algo que también necesitamos aprender: nuestro valor dentro de una familia, una relación o un trabajo no debería depender exclusivamente de cuánto hacemos por otras personas. Podemos ser generosos, comprometidos y responsables sin tener que demostrarlo a través del agotamiento. Quienes nos quieren deberían poder reconocer nuestra importancia incluso cuando no estamos resolviendo un problema.


Y nosotros también necesitamos reconocerla.


A veces será necesario decir que no podemos asumir una tarea adicional. Otras veces tendremos que pedir que alguien comparta una responsabilidad que llevamos demasiado tiempo sosteniendo solos. Puede que algunas personas se sorprendan, especialmente si siempre hemos estado disponibles. Pero establecer un límite razonable no significa dejar de quererlas ni abandonar nuestros compromisos.


A lo largo de esta serie hemos hablado de quienes están cansados de ser fuertes, de la soledad de quienes siempre resuelven, de la dificultad de sentirse mal cuando aparentemente todo está bien y de las preocupaciones que guardamos para no inquietar a nadie. Son experiencias diferentes, pero muchas veces tienen un punto en común: la costumbre de atender lo que ocurre a nuestro alrededor mientras dejamos nuestras propias necesidades para después.


Quizá no podamos cambiar todas nuestras circunstancias de inmediato. Tal vez mañana tengamos que levantarnos temprano, trabajar, cuidar de alguien y atender obligaciones que no pueden esperar. Pero eso no debería impedirnos reconocer que también necesitamos cuidado, compañía y momentos de tranquilidad.


La vida adulta siempre tendrá responsabilidades. Algunas serán exigentes y otras aparecerán sin previo aviso. No se trata de escapar de ellas, sino de evitar que ocupen absolutamente todo el espacio disponible hasta dejarnos sin tiempo para vivir.


Porque al final, las personas que queremos no solamente necesitan lo que hacemos por ellas. También necesitan compartir momentos con nosotros, escucharnos, conocernos y disfrutar de nuestra compañía sin que siempre exista un pendiente de por medio.


Y quizá nosotros necesitemos exactamente lo mismo.


Merecemos construir una vida en la que el descanso no sea únicamente lo que queda después de cumplir con todos, sino también una parte de aquello que procuramos cuidar.


"En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado." - Salmos 4:8 (Reina-Valera 1960)

 
 

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