FAMILIAS QUE ENCARCELAN
- Kurt Bendfeldt
- hace 2 días
- 4 Min. de lectura

Un tema sin duda alguna que genera escalofrío, cuando la base esta contaminda, contaminara todo lo que este a su alrededor, y a veces no por hacer daño simplemente por ignorancia o por no querer aceptar un cambio. Asi de dificil y crudo.
No todas las cárceles tienen barrotes. Algunas tienen historia generacional.
Existen familias que no solo hieren… sino que transmiten heridas. No siempre abren nuevas cicatrices; muchas veces entregan las antiguas, intactas, como herencia invisible, con tal de seguir un patrón creyendo que lo que hacen es correcto, blindándose con "sermones" que solamente generan culpa, represión, Y no se dan cuenta que la vida que invalidan no son las de afuera son las de su propia sangre, quitándoles los derechos, sueños, anhelos metiéndolos en un conformismo poco lineal, que solamente genera al afectado ansiedad, miedo y necesidades que no se resuelven.
Porque se da esto:
Miedos que nunca se trabajaron.
Rencores que nunca se sanaron.
Envidias que nunca se confesaron.
Traiciones que jamás se procesaron.
Y esas emociones no desaparecen. Se infiltran en la educación, en las palabras, en la forma de corregir, en la manera de amar, en la ausencia emocional, en el abuso de todo tipo.
“En esta familia siempre se ha hecho así.”
“Aquí nadie destaca más que el otro.”
“No te creas superior.”
“No cambies.”
“Te lo digo por tu bien.”
“Nosotros sabemos lo que te conviene.”
“No arruines el nombre de la familia.”
“Eso no es para ti.”
"Dios me lo dijo"
Lo que parece tradición puede ser trauma repetido.
La psicología transgeneracional lo explica con claridad: los sistemas familiares tienden a conservar su equilibrio, incluso si ese equilibrio es disfuncional. Cuando alguien intenta romper el patrón —sanar, crecer, diferenciarse— el sistema puede reaccionar con dureza, y es donde pasa de familia a un clan que se apropia de lo que siente que no puede controlar. Utilizan el control para no perder, pero la pregunta es perder que?, cuando las familias o clanes viven alimentando todo lo que no se puede hacer, todo lo que no se puede decir, lo único que generan son personas con poca capacidad emocional.
Porque sanar a veces expone lo que otros nunca quisieron enfrentar.
Y entonces aparecen las dinámicas de control disfrazadas de cuidado. La culpa como herramienta de obediencia. El miedo como método de cohesión. La amenaza emocional como mecanismo de permanencia. Dios como arma, versiculos adaptados para generar pensamientos de rendición. Y sin justificación repiten los ciclos siempre.
Lo más grave no es solo el daño actual.
Es la cadena.
Una generación transmite inseguridad.
La siguiente transmite silencio.
La siguiente transmite miedo al conflicto.
Y así, la luz se va atenuando de apellido en apellido.
Se heredan frases.
Se heredan temores.
Se heredan límites que nadie cuestiona.
Hasta que alguien se cansa. Y pelea para que no crucen más sus límites, claro que para esto se necesita carácter, responsabilidad y muchas otras cosas en un trabajo personal diario.
Alguien que está viviendo esto hoy podría decir:
“Me enseñaron que amar era obedecer sin preguntar. Me hicieron sentir que crecer era traicionar. Me culparon por querer algo distinto. Pero estoy entendiendo que mi libertad no es rebeldía; es salud. Que romper el patrón no es destruir la familia; es evitar que mis hijos hereden el mismo encierro.”
Y sí, se puede salir.
No es fácil. Implica límites. Implica terapia. Implica conversaciones incómodas. Implica aceptar que el amor no siempre vino sano. Pero se puede. Es ser valientes, no es ofender a la familia es poner un punto y aparte.
Ahora bien, no todas las familias encarcelan.
Existen familias que fortalecen. Y a simple vista se ve en los resultados.
La diferencia es profunda, dramatica, positiva y sobre todo con un toque de amor grande.
Las familias que encarcelan operan desde el miedo.
Las familias que fortalecen operan desde la confianza.
Las que encarcelan controlan decisiones.
Las que fortalecen enseñan a decidir.
Las que encarcelan condicionan el afecto.
Las que fortalecen aman sin chantaje.
Las que encarcelan minimizan el brillo.
Las que fortalecen celebran el crecimiento.
En una se gana obediencia.
En la otra se gana identidad.
En una se aprende el silencio.
En la otra se gana seguridad.
En una se gana dependencia.
En la otra se gana autonomía con raíces.
¿Quién gana realmente?
El control puede dar estabilidad momentánea.
Pero la libertad genera generaciones sanas.
Cuando una familia decide sanar en lugar de dominar, se gana confianza. Se gana comunicación. Se gana madurez emocional. Se gana descendencia libre de cargas innecesarias.
Romper una cadena duele.
Pero no romperla duele más.
Porque lo que no se sana, se transmite.
Y nadie vino a este mundo para apagar su luz por mantener intacto un sistema que nunca se cuestionó.
La verdadera lealtad no es repetir el trauma.
Es transformarlo.
“Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; permanezcan firmes y no se sometan nuevamente al yugo de esclavitud.”
— Gálatas 5:1
Las cárceles invisibles existen.
Pero también existe la conciencia.
Y cuando una generación decide sanar, no solo se libera a sí misma… libera a las que vienen. Libertad es responsabilidad, no es culpa, no es pecado, no es abandono. Cuando sentimos que somos libres, es porque tenemos claros quien cruza cada límite.










