Vidas editadas, corazones ausentes
- Kurt Bendfeldt
- hace 36 minutos
- 2 Min. de lectura

En mi época se decía una frase que hoy cobra más sentido que nunca: no todo lo que ves es lo que parece. Las redes sociales lo confirmaron. Vemos sonrisas que esconden cansancio, discursos de amor pronunciados por personas que no se aman a sí mismas, valentía escrita en captions por quienes huyen cuando toca sostener. Se adora, se ora, se habla de fe… pero muchas veces esa fe no nace de la convicción, sino de la culpa.
Vivimos rodeados de vitrinas. Gente que se muestra fuerte mientras se desmorona en privado; que predica coherencia pero practica la evasión; que habla de compromiso, pero desaparece cuando el vínculo pide verdad. No es juicio: es una invitación a mirar más profundo. Porque lo peligroso no es equivocarse, sino creer que una imagen equivale a una persona.
Antes de dar algo a alguien —tiempo, confianza, amor, proyectos— necesitamos conocer de verdad. Y conocer de verdad no es compartir años, fotos o rutinas; es ver cómo reacciona en el peor momento. Ahí se revela el carácter. Ahí se sabe si el discurso era convicción o solo utilería. Hay quienes, llegado el conflicto, te dan la espalda y siguen su camino sin mirar atrás. No siempre por maldad; a veces porque te usaron para un fin: compañía, validación, escape, estatus emocional. Cuando ese fin se cumple o incomoda, se van.
Esto duele. Duele aceptar que alguien que decía querer, no supo cuidar. Duele descubrir que la valentía era solo un eslogan y que la fe estaba atada a la vergüenza. Pero también ordena. Ordena porque te devuelve a lo esencial: no entregues tu corazón a una versión editada. No construyas con promesas sin evidencia. No confundas palabras bonitas con actos sostenidos.
La coherencia se ve cuando nadie aplaude. Se nota en cómo se pide perdón, en cómo se queda cuando el otro tiembla, en cómo se enfrenta el conflicto sin huir. La fe auténtica no paraliza ni manipula; libera y responsabiliza. El amor real no se grita: se demuestra.
Que esta reflexión no nos vuelva cínicos, sino sabios. Que aprendamos a mirar con calma, a escuchar con atención, a esperar frutos antes de entregar raíces. Y que, si alguna vez nos fallaron, no cambiemos de valores: cambiemos de criterio. Porque no todo lo que ves es lo que parece, pero lo verdadero siempre termina mostrándose.
“Por sus frutos los conoceréis.” — Mateo 7:16







Comentarios