Vivir comparándonos
- Kurt Bendfeldt
- hace 17 minutos
- 3 min de lectura
En esta segunda entrega de “Lo que normalizamos” ponemos la mirada sobre una costumbre que siempre ha existido, pero que hoy llevamos literalmente en el bolsillo: compararnos con los demás. Antes nuestra referencia era un vecino, un compañero de trabajo o alguien de nuestro círculo cercano; ahora, en cuestión de minutos, podemos observar los viajes, cuerpos, carreras, negocios, familias y aparentes éxitos de cientos de personas mientras deslizamos una pantalla.
La comparación comienza casi sin darnos cuenta. Alguien de nuestra edad compra una casa y pensamos que nosotros vamos tarde. Una conocida anuncia un ascenso y comenzamos a cuestionar nuestra carrera. Vemos a alguien viajando mientras estamos trabajando, una familia aparentemente perfecta mientras atravesamos dificultades en casa o un cuerpo cuidadosamente fotografiado mientras nosotros encontramos defectos frente al espejo. De pronto, aquello que minutos antes parecía suficiente comienza a sentirse pequeño.
El problema no es admirar a otras personas. Admirar puede inspirarnos, mostrarnos posibilidades y motivarnos a crecer. La dificultad aparece cuando dejamos de utilizar la vida ajena como referencia y comenzamos a utilizarla como medida de nuestro propio valor. En ese momento ya no observamos para aprender; observamos para juzgarnos.
Las redes sociales han llevado esta dinámica a una dimensión completamente nueva. Gran parte de lo que vemos son fragmentos seleccionados de vidas completas. Conocemos la fotografía del viaje, pero no necesariamente las preocupaciones financieras. Vemos la celebración del nuevo empleo, pero no los meses de rechazo que ocurrieron antes. Observamos una relación sonriente sin conocer las conversaciones difíciles que existen fuera de cámara. Estamos comparando nuestra vida completa, con sus dudas y días ordinarios, contra momentos cuidadosamente escogidos de la vida de otros.
Y esa comparación siempre será injusta.
También olvidamos algo fundamental: no todos comenzamos desde el mismo lugar. Cada persona carga circunstancias familiares, oportunidades, responsabilidades, capacidades y desafíos diferentes. Dos personas pueden tener la misma edad y encontrarse en etapas completamente distintas sin que ninguna esté atrasada. La vida no funciona como una carrera donde todos debemos atravesar las mismas metas a una edad determinada.
Nos han vendido silenciosamente un calendario. A cierta edad deberíamos haber terminado de estudiar, encontrado estabilidad, construido una relación, comprado una casa, alcanzado determinada posición profesional y resuelto prácticamente nuestra existencia. Cuando nuestra historia no coincide con ese guion, aparece una sensación difícil de explicar: creemos que algo está mal con nosotros simplemente porque nuestra vida tomó otro ritmo.
Pero avanzar diferente no significa avanzar tarde.
Hay personas que encuentran su vocación muy jóvenes y otras después de décadas trabajando en algo distinto. Hay quienes construyen una familia temprano y quienes descubren otra forma de plenitud. Algunos alcanzan estabilidad económica rápidamente; otros necesitan comenzar de nuevo varias veces. Ninguna fotografía puede explicar todos los caminos que llevaron a alguien hasta donde está.
La comparación también tiene una consecuencia silenciosa: puede robarnos la capacidad de celebrar. Conseguimos algo que deseábamos durante años y, antes de disfrutarlo, miramos hacia un lado para descubrir que alguien consiguió aparentemente más. Nuestro logro pierde brillo no porque haya dejado de tener valor, sino porque cambiamos la medida con la que decidimos observarlo.
Quizá necesitemos aprender a mirar nuestra vida hacia atrás antes de mirarla hacia los lados. Recordar problemas que alguna vez parecían imposibles y que hoy ya superamos, reconocer habilidades que antes no teníamos, agradecer oportunidades que llegaron y observar cuánto hemos cambiado. No para conformarnos, sino para recuperar perspectiva.
Siempre habrá alguien con más dinero, más reconocimiento, más seguidores, una carrera diferente o una vida que desde afuera parezca más sencilla. Si nuestra tranquilidad depende de superar constantemente a los demás, nunca encontraremos un lugar donde sentirnos suficientes.
Nuestra verdadera competencia debería ser mucho más íntima: preguntarnos si estamos creciendo respecto de quienes éramos ayer, si nuestras decisiones nos acercan a la vida que queremos construir y si estamos viviendo conforme a nuestros propios valores.
Porque quizás el problema nunca fue que alguien avanzara más rápido.
El problema comenzó cuando dejamos de mirar nuestro propio camino por estar demasiado pendientes del suyo.
"Así que, cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse solo respecto de sí mismo, y no en otro." - Gálatas 6:4 (Reina-Valera 1960)
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