“Lava mis pies” — Juan 13:3-9
- Kurt Bendfeldt
- hace 1 día
- 2 Min. de lectura

Escucho una alabanza —la del título— y me pongo a pensar.“Lava mis pies”. La frase suena dulce, humilde, casi íntima. Pero no es una imagen decorativa. Es un acto radical. Es el momento en que Jesús, sabiendo quién era y de dónde venía, se arrodilla y hace lo impensable: sirve. No predica desde la altura; toca el polvo del camino. No exige reverencia; toma la toalla.
Y entonces me golpea una verdad incómoda: pedir que me laven los pies no es suficiente si yo voy por la vida ensuciando los caminos de otros.
No sirve cantar fuerte si después huyo cuando toca enfrentar. No sirve orar si dejo conversaciones a medias. No sirve pedir consuelo divino mientras voy dejando huellas de abandono, silencios cobardes o promesas incumplidas. La coherencia espiritual no es refugiarse; es responder.
En Juan 13, Pedro primero se resiste. No entiende. Se incomoda. Como nos incomodamos cuando alguien nos confronta con humildad real. Porque lavar los pies no es solo un gesto de amor; es una declaración de carácter. Es decir: no soy demasiado grande para hacer lo que toca. Es actuar aunque no me aplaudan. Es limpiar lo que yo mismo ensucié.
Muchos queremos que Dios lave nuestros pies, que nos quite la culpa, que nos alivie el peso. Pero Él no solo quiere adoración; quiere acción. Quiere que la fe baje del altar al suelo. Que la espiritualidad no sea discurso, sino evidencia. Que no dejemos relaciones rotas por orgullo. Que no abandonemos proyectos por miedo. Que no lastimemos y luego nos escondamos detrás de una canción.
La fe sin coherencia es teatro. La adoración sin transformación es ruido. La oración sin responsabilidad es evasión.
“Lava mis pies” no es solo pedir limpieza; es comprometerse a no volver a caminar igual. Es revisar conciencia. Es pedir perdón cuando toca. Es quedarse cuando es difícil. Es dejar de usar a otros para llenar vacíos. Es cerrar lo que abrimos con honestidad.
Hay personas que cantan con lágrimas en los ojos, pero no llaman para reparar. Hablan de humildad, pero no aceptan errores. Se arrodillan en templos, pero no se arrodillan ante su propia conciencia. Y esa incoherencia termina quebrando más corazones que cualquier pecado público.
Si realmente queremos que nos laven los pies, primero debemos reconocer el polvo que llevamos. Y luego, levantarnos y vivir distinto.
Porque Dios no busca solo adoradores emocionados; busca personas que actúen con amor, con verdad, con responsabilidad. Quiere que nuestra espiritualidad tenga consecuencias prácticas: reconciliaciones reales, límites sanos, decisiones firmes, coherencia visible.
“Lava mis pies” no es una súplica pasiva. Es una declaración de guerra contra la hipocresía.
Y si hoy escuchas esa alabanza, que no se quede en melodía. Que se convierta en movimiento. Que la fe no sea escape, sino dirección.
“Si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.” — Juan 13:14









