MI GOZO (Barak) invencible...
- Kurt Bendfeldt
- hace 8 horas
- 3 Min. de lectura

(Amoche una persona especial me la compartio después de escuchar mi podcast ("Soltar Amando...) Y cuando una alabanza llega así —a esa hora, en ese momento— no suena como música: suena como llamado.
“¿Quién podrá separarme de ti, Dios… si aun cuando te fallo, aquí estás?” Hay frases que no se cantan: se respiran. Porque el corazón humano es experto en dos cosas cuando se equivoca: esconderse y justificarse. Pero Dios aparece en medio de ambas y dice lo mismo que la canción repite como martillo de amor: “Tu hijo soy.” No por mérito, sino por gracia. Y eso es real. El gozo con Dios es real.
Pero aquí viene —y es clave—: el gozo no se completa si caminamos dejando escombros. Porque una cosa es rendirse ante Dios… y otra es rendirse también ante la verdad. La culpa no se sana solo llorando en la presencia; se sana limpiando lo que dejamos sucio, reparando lo que comprometimos, volviendo a la palabra dada, pidiendo perdón donde fallamos, asumiendo consecuencias con dignidad. Dios perdona, sí. Pero el Reino se vive aquí, en la tierra, con pasos rectos.
Por eso el coro dice: “En ti todo es nuevo… borras mi pasado.” Y es cierto: Dios no te define por tu error. Pero esa “novedad” no es un maquillaje espiritual; es una nueva manera de vivir. Si Dios borra mi pasado, yo no lo uso como excusa para repetirlo. Si Dios me restaura, yo no pospongo la reparación. Si Dios me llama hijo, yo no vivo como fugitivo.
Y entonces la frase se vuelve práctica, sin perder lo sagrado: “Mejor es un día en tu casa…” porque en su casa no solo se adora: en su casa también se ordena. Allí el alma deja de negociar con la mentira. Allí uno se atreve a decir: “Señor, sí, te fallé… y hoy voy a enderezar.” Y enderezar a veces no es una emoción, es un acto: escribir el mensaje que has evitado, reconocer lo que no cumpliste, devolver lo que no era tuyo, cerrar una deuda, honrar un compromiso, levantar la mano y decir “me equivoqué” sin echarle la culpa a nadie. Simplemente viviendo en coherencia.
Y por eso la canción se pone corporal: “Levanta tus manos, mueve tus pies…” No es show". Es guerra contra la parálisis. Es el alma diciendo: hoy no me quedo en el ‘Dios me perdona’ mientras dejo a otros con la herida abierta. Hoy mi adoración también se ve en mi carácter. Porque el gozo no es solo sentir paz: es vivir en paz con Dios y con la gente, hasta donde dependa de mí.
Eso es lo completo: gracia arriba… y limpieza aquí abajo. Cielo en el corazón… y coherencia en la agenda. Perdón recibido… y perdón pedido. Rendición… y reparación. Tenemos primero que perdonarnos a nosotros por los errores que cometimos en el pasado con desiciones que terminaron en frustación y más aún es importante enfrentar lo que se dejo roto.
Y cuando eso pasa, la frase final se vuelve un estandarte: si vamos con Dios, ¿quién contra nosotros? No como soberbia, sino como seguridad. No para aplastar a nadie, sino para caminar firme: sin miedo, sin doble vida, con ética, con convicción, con audacia, sin cadenas escondidas. Con el gozo entero. El que canta… y el que responde con hechos. Cuando damos el paso donde ordenamos dejamos de estar atrapados en el tiempo y nos liberamos.
Romanos 8:38-39: “...ni lo alto, ni lo profundo… ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios…”
Romanos 8:31: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”
Mateo 5:23-24: “...ve primero y reconcíliate con tu hermano…”
Salmo 84:10: “Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos.”
El gozo sí, pero con limpieza, reparación y camino recto—porque ahí, y solo ahí, el gozo se vuelve invencible.













